Ex Nihilo

La Biblia inicia su espléndido contenido con la siguiente frase: En el principio creó Dios… Wow. Me encanta como la Biblia, en vez de tratar de demostrar el hecho, parte de la realidad de que Dios existe. El Libro de libros inicia diciendo que en un momento completamente desconocido, que en el justo momento en que el tiempo inicia a correr, en el principio, un ser ya existente decide crear. El texto continúa describiendo como Dios iba creando y dando forma, versículo tras versículo, a la Creación.  Creó los cielos, la tierra y todo lo que había en ella. Me pregunto de dónde habrá sacado toda esa agua, toda esa tierra…. Un momento. No existían!!!! Ni el agua, ni la tierra, ni el cielo, ni las estrellas. Nada de lo que conocemos hoy existía en un principio. Solo era Dios, solo era el Verbo. Dice la Biblia en Juan 1 que en el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. Entonces… ¿no había nada más que Dios antes del principio? No. Solo era Dios.

Dios crea de la nada. La frase “de la nada” en latín es ex nihilo. Ex nihilo Dios comienza a crear el universo y todo lo que él contiene: las estrellas, los planetas, las lunas… Por el poder que había (y aún hay) en la Palabra que emana de la boca de Dios, Él crea un todo de absolutamente nada. Increíble, pero cierto. Vaya show debió haber sido todo eso. En especial luego de que nos crea, a nosotras las mujeres… Es decir, al hombre. En especial, desde que Dios crea al ser humano y sopla de Su aliento de vida en un simple muñeco de barro creado del polvo de la tierra y formado por Sus mismas manos. Luego de esto, vio Dios que todo era bueno y en GRAN manera. Pero, bueno… no termina ahí. El lío apenas inicia cuando el hombre tomó la perfección y la corrompió con su desobediencia. Dios había claramente ordenado que del fruto del árbol que estaba en el medio del huerto del Edén no debían comer. La mujer es muy curiosa… pero vayamos a la otra parte importante, la parte en que Dios, aún después de que desobedeció el hombre, muestra su misericordia. Al comer de la cuasi manzana, Adán y Eva se dan cuenta que estaban en un grado más bajo que sus paños menores y deciden esconderse por vergüenza. Por vergüenza! Sólo Dios sabe cuanto tiempo esos dos duraron desnudos en aquel lugar. No obstante, el pecado en nuestras vidas nos corrompe y nos muestra la imperfección y la suciedad a la cual somos expuestos cuando le practicamos.

Llegamos, entonces, a la parte en la que Dios, aún sabiendo porqué y dónde se escondían, decidió jugar al escondido con ellos. “Oh, Adán? Dónde estás?” Y nadie responde. “Eva? Eva! Aquí tengo los higos que me pediste!” Y entonces Eva que estaba detrás de un arbusto, emocionada aún en su vergüenza, se mueve y rompe una ramita. Adán la mira reprochantemente y se le ocurre una idea. “Eva”, susurra, “utilicemos estas hojas para cubrirnos y así tapamos nuestra desnudez.” “De acuerdo,” responde Eva. “Tal vez así me de mis higos.” Estos dos salieron cubiertos en hojas y Dios, entonces, procede con el interrogatorio. El hombre culpa a la mujer, la mujer a la serpiente y después todos saben como procede el asunto. Pero… ¿qué pasa? Un corderillo blanco, sin mancha y bien alimentado va caminando cerca de donde estaban ellos hablando y Dios sabe lo que tiene que hacer. El corderillo, quien aparentaba estar en el lugar equivocado, fue sacrificado para que con su lana Adán y Eva pudieran vestirse con algo que verdaderamente cubriera su vergüenza.

Ya estamos donde quiero. ¿Verdad que es asombroso? Un Dios eterno e infinito capaz de crear las cosas con solo pronunciarlas, de la nada hacer todo. Sin embargo, por más maravillosa que sea esa habilidad de Dios, de crear, de formar, de pintar, de hacer, me sorprende aún más su habilidad de transformar. Adán y Eva, hechos a la perfección y a la imagen de Dios mismo, desobedecen el simple mandato de Dios y comen el fruto del árbol prohibido. Luego de esto, percatándose de su desnudez, se avergüenzan y se esconden. Después, creyendo que pueden ellos mismos solucionar un problema que solo podía ser solucionado por alguien inocente, deciden tapar su desnudez con hojas que se las puede llevar el viento. Y luego vemos a un Dios, que luego de mostrar todo Su poder y toda Su majestad al crear el universo, extiende su misericordia y les cubre su desnudez, pero solo con la lana de un cordero inocente y sin mancha. Así como el sacrificio de ese cordero fue preciso para cubrir la desnudez de Adán y Eva, el sacrificio de Cristo en la cruz fue necesario para que aquello que había iniciado en el Edén, pudiera ser consumado y nuestra vergüenza fuera no solo cubierta, si no también quitada.

Dios siempre me ha sorprendido con sus milagros y sus obras. Él es eterna y constantemente fiel conmigo, y sé que lo es con sus demás hijos. Pero, esa habilidad que tiene Dios de cambiar lo imperfecto, lo abandonado, lo olvidado, lo corrompido, lo avergonzado, lo sucio, lo putrefacto, lo seco, lo árido… en algo bello y digno de admirar y amar, es la habilidad que aún hoy, después de años de ver ese milagro ocurriendo, y aún después de haber vivido ese milagro personalmente, me sigue sorprendiendo. Mi Dios es el único que puede tomar lo que está contaminado por el pecado y santificarlo para la alabanza de la gloria de su gracia. Así, como si nada.

Michelle

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