Acuarela

El pasado noviembre tuve la oportunidad de visitar nuevamente Israel. Sé que después de la quinta vez que uno viaja a países como Estados Unidos, los centros comerciales, las anchas autopistas y los grandes edificios de las enormes ciudades nos empiezan a saber a nada, ¿Quién sabe? Tal vez antes de la quinta vez. Sin embargo, Israel es un país que no cuenta con ese problema, ya que, el que viaja a Israel, aunque no vaya buscando crecimiento (o despertar) espiritual, lo encuentra en cada esquina, y cada vez de una forma diferente. En este último viaje, tuvimos la oportunidad de volver a visitar el Monte de las Bienaventuranzas, que es el lugar donde se cree que Jesús impartió el sermón que encontramos en el libro de Mateo, desde el capítulo 5 hasta el capítulo 8. Hace unos siglos se construyó una iglesia de la orden de las Carmelitas, quienes les aseguro hacen un enorme (y hasta exagerado) trabajo guardando tanto la limpieza como la solemnidad del lugar. Hermoso lugar aquel. Todo es tan… verde. Tiene una excelente acústica; perfecto para impartir un sermón que cambiaría la vida de miles de personas en aquel entonces, y miles y millones en nuestro presente. Había estado allí otras veces. Era mi quinta vez. Siempre estaba tan deslumbrada por la arquitectura de la catedral, por la belleza de la flora del lugar, que no me había fijado en lo que había a mis pies. Pequeñas tablas con las bienaventuranzas escritas. “Tomen una para sí,” nos dijo el guía. Y eso hicimos; eso hice. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios [Mateo 5:8].” Otras versiones dicen puro, en vez de limpio. Yo he preferido verlo de la siguiente forma: En la hora de la verdad, solo aquellos que hayan mostrado un corazón transparente delante de Dios, podrán verle.

Llámenme loca pero, si tuviera que escoger entre un cuadro de Cándido Bidó y un cuadro hecho por un completo extraño en acuarela, escogería el cuadro pintado en acuarela. Me encantan los trabajos en acuarela. Me encanta la acuarela. Es una de las pocas pinturas que te permiten apreciar el arte plasmada en el canvas, pero que también te permiten apreciar lo que hay detrás de toda la bella fachada, y todo siempre se ve blanco; todo siempre se ve puro. No debe ser noticia para nadie que Dios es un artista. Me gusta creer que a Dios le gustaría que siempre nos mostremos ante el como un cuadro pintado en acuarela. Y bueno, es que es tan fácil engañarnos a nosotros mismos, y aunque es imposible engañar a Dios, sé que Él anhela que seamos transparentes con Él. No creo que le gusten los disfraces; es decir, por algo no contempló la ropa hasta después que el hombre pecó. No tengo duda alguna de que Dios nunca rechazará un corazón que venga delante de Él transparentemente [Salmos 51:17b]. Pues, de qué nos sirve hacernos los santos y perfectos delante de Dios. Nuestra justicia queda corta ante Dios; queda muy lejos de la perfección de Dios.

El tema de la transparencia ante Dios me recuerda a la parábola del fariseo y el publicano. El pasaje es narrado en el libro de Lucas a partir del verso 9 y cada vez que lo leo me confronta, pues, la hora precisa para hacernos los más santos y más perfectos es en nuestro momento de oración. “Bueno, Michelle, eso tal vez eres tú. Habla por ti.” Hablo por todos cuando digo que nos encanta “echarle en cara” a Dios todo lo que hacemos por Él. El fariseo de la parábola hizo exactamente esto. Es tan irónico, ¿no? La palabra fariseo quiere decir “separado”. Esta palabra es sinónimo de “apartado”, que, entiendo que tienen la idea de que ese es el significado de santidad. Y, he aquí, el “diferente”, puesto de pie en el templo orando en voz muy alta y resaltando delante de Dios y de los hombres todo lo que le hacía ser más espiritual que todos los demás presentes. No es que no podamos ser agradecidos de la salvación que tenemos y de nuestra condición en Cristo. Sin embargo, la transparencia al momento de orar, la desnudez del alma ante Dios (quien ya sabe todo de ti) revela tu verdadera motivación al acercarte a Dios y al hacer cosas por Él y para Él. Por otro lado, el publicano era un recolector de impuestos. Era el calié de los tiempos de Trujillo. Nadie soportaba a los publicanos. Eran un tipo de traidores hacia la nación judía. No obstante, la oración de este publicano en particular reveló su verdadera condición de pecador. “Sé propicio a mí, Dios.” Vaya transparencia. Vaya honestidad. El publicano era una verdadera obra de arte pintada en acuarela.

¿Y nosotros, entonces? ¿Con qué decidimos ser pintados? Si realmente queremos ver, complacer… agradar a Dios, es necesario procurar ser transparentes con Él. Y no solo con Él, si no también con nuestros amigos, con nuestra familia, con nuestros hermanos en la fe, con quien sea que se cruce en nuestro camino. La transparencia va más allá de la honestidad. Cualquiera puede ser honesto. Pero el ser transparente, la franqueza en nuestra manera de vivir determinará la verdadera diferencia entre nuestro yo fariseo y nuestro yo publicano, entre el cuadro de Bidó y el cuadro pintado en acuarela.

 

Michelle

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