Keane

Amo ver películas. No lo llamaría adicción, pero no sé qué haría sin Netflix. Recientemente vi una película dirigida por Tim Burton llamada Big Eyes (la recomiendo totalmente) y la verdad es que no estoy sorprendida. Tim Burton es un maestro y sí que sabe hacer películas que nos dejan mucho que pensar. A diferencia de El extraño mundo de Jack y Alicia en el País de las Maravillas, Big Eyes está basada en hechos reales. Se trata de la vida de Margaret Ulbrich, una retratista cuyo trabajo es conocido por los grandes ojos de sus personajes. A mediados de los años 50, Margaret se casa con Walter Keane (sí, como la banda británica de rock) y comienza a firmar sus obras como Keane. No fue si no hasta mucho después que Margaret vino a enterarse que las personas creían que el verdadero artista era Walter y no ella. Lamentablemente, Margaret era patológicamente tímida y dejaba que Walter se quedara con el crédito. En un tiempo ella decidió perfeccionar su estilo y firmar MDH Keane en sus nuevas obras para que esta vez no hubiera error en quien era el verdadero pintor; no obstante, nada tuvo mejor éxito que sus big eyes originales.

Es una lástima como muchas veces caminamos por la vida con amargura y despropósito cuando realmente somos capaces de hacer tanto. Mientras miraba la película, podía sentir la frustración de Margaret. Recordaba aquellas ocasiones en las que el maestro hacía una pregunta, yo decía la respuesta correcta y luego mi compañero– quien ya me había escuchado– repetía lo que yo dije aún más alto y, claro está, se llevaba el crédito… y los puntos. Simplemente, no es justo. No hace falta mencionar el pequeño deseo de ser asesino por un momento porque, bueno, esos deseos no son de Dios… Sí, bueno. El asunto está en que, como les decía, somos capaces de hacer tantas cosas. De hecho, Dios ha puesto en nosotros habilidades tremendas e incluso nos ha instado a procurar los mejores dones, no para tenerlos por poco, si no para glorificarlo a Él de la forma más excelente posible.

Dejando toda humildad falsa fuera, me voy un poco más lejos. ¿Alguna vez te han elogiado por algo en lo que eres bueno (tal vez el mejor)? A mí sí, a cada rato. Muchas veces me he acercado a personas para felicitarlas por algo que hacen bien y entiendo que me respondan “Sí, para la gloria de Dios, hermana” pero un “Muchas gracias” no cae mal tampoco. El decir “gracias”, el alegrarte, el que te de “cosita” cuando te elogian no es orgullo, es felicidad. Es una reacción natural de tu alma cuando se le reconoce el esfuerzo, el tiempo invertido y la pasión puesta a lo que ella ama hacer. Cristo nos dijo que somos luz. La luz que nos ha sido dada no es solo para que nosotros glorifiquemos a Dios, si no también para que “los hombres vean nuestras buenas obras” y, entonces, ellos puedan glorificar a Dios también por nosotros. En Mateo 5:15, Cristo habla de como una ciudad en lo alto de una colina no se puede esconder. No somos comparados con un simple pueblo en un valle entre montañas. Cristo mismo nos compara con algo que ha sido puesto en lo alto para brillar en todo su esplendor. “Dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial” [Mt. 5:16 (NTV)]. ¿Con esto quiero decir que debemos gloriarnos y enorgullecernos? No. Pero sí reflexioné mucho al ver la vida de una mujer cuyo inmenso talento e indiscutible don fue desperdiciado a la sombra de un hombre que no le daba ni por los tobillos.

Las habilidades y los dones que tenemos nos fueron dados por Dios según nuestra capacidad. Sean mil talentos o medio “chele”, Dios sabe porque nos equipó de la manera en que lo hizo. Cuando el hombre de la parábola de los talentos reunió a sus siervos, repartió según entendió que debía hacerlo. Al final, al que no hizo nada, le fue quitado todo. Aunque no me gusta pensar mucho en esto, el tiempo se agota y cada año que pasa es un granito de arena menos en el reloj de nuestras vidas. Estamos destinados para grandes cosas y, aunque no todos estemos llamados a estar al frente, procuremos que delante de Dios seamos específicos al firmar nuestras obras.Cada vez que llenamos un examen, lo primero que nos dicen es que escribamos nuestro nombre en letra legible para que al momento de corregir, no te reporten la calificación de otro. Estamos llamados a presentarnos ante Dios como obreros aprobados que no tengan de qué avergonzarse. Así que, desde ahora en adelante, firma tus obras, agradece cuando te elogian, glorifica a Dios con la excelencia y asegúrate de que en todo lo que emprendas, brilles como el o la mejor por que Dios no se merece menos de ahí.

Michelle

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