De la Identidad

casi pienso que puedo recordar sentirme un poco diferente. pero si yo no soy la misma, la cuestión es: ¿Quién soy yo? Ah, ese es  el gran enigma.

¿Y quiénes somos, en realidad? Creo que si supiéramos la respuesta exacta a esa pregunta, todo estaría bien en el mundo. Lo cierto es que esta cuestión cae en la categoría de las cosas que se saben siempre en teoría y rara vez en práctica. Así como cuando vamos a la universidad y obtenemos honores y calificaciones envidiables, solo para darnos cuenta que, una vez graduados, la teoría no era suficiente: el mundo demanda la práctica, y la práctica es resultado de una acción. Sería fácil responder la interrogante con: Soy hijo, o hija, de Dios. Lo difícil es vivir conscientes de esa verdad absoluta.

Recuerdo que una vez estaba en una iglesia a punto de ministrar y una de las intercesoras pide orar por mí y yo, pues, no me negué (obviamente). Mientras oraba por mí, ella le pedía al Señor que me ayudara a caminar como Su hija, a vivir ese privilegio tan fervientemente como lo creía. Honestamente, nunca me había detenido a pensar en si realmente he estado viviendo como hija de Dios. Mis padres se divorciaron cuando a penas tenía un año y nunca he vivido con mi padre biológico. Cuando tenía cinco años, mi madre se casó con quien es ahora mi papá y pastor. Sé que tengo un padre y sé que él me ama con locura. No obstante, la presencia de un padre o de una madre terrenal no define mi identidad, ni tampoco la tuya. Lo único que define quién soy es saberme hija de Dios. Ahora bien, lo único que saca a relucir mi identidad es vivir como una hija de Dios.

Saber y vivir son verbos. La diferencia entre ellos es que el primero es pasivo y el segundo es activo. Yo puedo tener mucho conocimiento de matemáticas, pero de la única forma en que ese conocimiento es sacado a la luz es resolviendo ejercicios numéricos. No puedes cosechar los privilegios de tu identidad de hijo si te sientes cómodo solo con saberte hijo. Debes vivir como hijo de Dios. Para vivir esa posición de hijo, debes involucrarte en los asuntos de tu Padre [Lc. 2:49], tal y como Jesús nos demuestra con sus actos. Puedes saberte hijo solo con recibir la salvación de Cristo [Jn. 1:12], pero reitero que saber es un acto pasivo. El hijo se sacrifica, no deja que los demás se sacrifiquen por él. El hijo procura crecer conforme a las enseñanzas de su Padre. El hijo mantiene una relación íntima con su Padre, de manera que pueda conocer los deseos de Su corazón.

Es mi oración que frente a toda humillación, podamos levantar nuestra frente en alto, sacudir la vergüenza y caminar frente a nuestros opresores como hijos de Dios que somos; que frente a las pruebas que pasemos, actuemos en torno a una alegría venidera, por que todo nos ayudará para bien; que ante las tentaciones, sea que cedamos o no, entendamos que nuestro lugar en la casa de nuestro Padre no nos será quitado por nuestra condición porque podemos ir confiadamente delante de nuestro Padre y hallar perdón [Heb. 4:16]. Ser hijo de Dios es lo mejor de la bolita del mundo. Ya no somos esclavos del temor, si no hijos y coherederos con Cristo [Gal.4:7]. Nuestra identidad es esa, y no existe lugar en el mundo ni persona en eminencia que camine sobre el honor de ser y de vivir como hijos de Dios.

M

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